El bombardeo de Alvear

Por Ricardo Daniel Silva (Benchy)

Un médico herido, una amenaza imperial y bombas sobre Alvear: la historia olvidada del 22 de junio de 1874.

Una tarde cualquiera en el nuevo pueblo correntino, fundado apenas 11 años antes (y según el censo de 1869 tenía 912 habitantes) se convirtió en el escenario de un incidente internacional que casi desata una guerra entre Argentina y Brasil.

Resulta que en la tarde del 18 de junio de 1874, el médico de la Armada Imperial brasileña, Dr. Pamphilo Freire de Carvalho, cruzó el río Uruguay desde Itaquí con su ayudante de farmacia. Ambos venían a atender enfermos a Alvear y lo hacían uniformados, como correspondía a su rol militar.

En ese entonces, Brasil era un imperio gobernado por “Dom Pedro II” y en la frontera operaba una flota naval conocida como la Flotilha do Alto Uruguay, creada luego de la Guerra de la Triple Alianza como vigilancia y resguardo de la frontera.

En el puerto alvearense, el Dr. Pamphilo se cruzó con dos personajes polémicos: los italianos Guido Benatti y Vicente Logatto, médicos o curanderos, según quién los cuente. Ambos recorrían pueblos valiéndose de contactos masónicos, y su presencia en Alvear no era casual.

El encuentro entre brasileños e italianos terminó en una pelea violenta. El Dr. Pamphilo, herido y con su uniforme ensangrentado, regresó humillado a Itaquí. 

Lo que podría haber quedado como una riña portuaria más, fue tomado como un insulto a la dignidad del imperio lo cual casi desencadena una guerra entre los países vecinos. 

Al día siguiente, el 19 de junio, el jefe de la Flotilha Alto Uruguay, el teniente Estanislau Prezewodowsky, tomó cartas en el asunto. Indignado por la agresión a un oficial brasileño en suelo extranjero, ordenó al vicecónsul en Alvear, don Santiago Barreyro, que iniciara las gestiones necesarias para esclarecer el hecho y trasladar a los agresores italianos a Brasil para que fueran juzgados allí.

Barreyro actuó con rapidez. Ese mismo día escribió una carta oficial al juez pedáneo de Alvear, don Juan Cirilo Leiva, que decía lo siguiente (conservando su ortografía original):

«El que suscribe ha tenido conocimiento de que ayer á las cuatro ó cinco horas de la tarde, en el puerto de embarque de este pueblo fue atacado y herido el Sr. Dr. De Medicina Pánfilo N., pertiniciente á la armada imperial del Brasil, surta en el puerto de la Villa de Itaquí.

Ruego al Sr. Juez se digne informarme del suceso con la declaraciones debida para los fines que hubiese lugar.

Con tal motivo saludo al Sr. Juez á quien Dios guarde.

SANTIAGO BARREYRO.

Mientras tanto, el teniente Prezewodowsky no perdía tiempo: organizó un equipo de investigación y exigió que se tomara declaración al herido, el Dr. Pamphilo, para reconstruir los hechos según los testigos.

En Alvear, la mayoría restaba importancia al altercado, tratándolo como una simple riña. Pero en Brasil, el incidente se vivía como una grave afrenta a la soberanía de su armada y exigía una respuesta inmediata.

¿Qué motivó semejante enfrentamiento entre doctores? ¿Cuáles fueron las consecuencias diplomáticas de este hecho aparentemente menor? Pronto, más detalles de esta historia olvidada que, por un momento, puso en tensión a dos naciones.

El 20 de junio de 1874, dos días después del escándalo entre médicos en el puerto de Alvear, la investigación ya hervía en ambas orillas del río Uruguay.

En el Brasil imperial, a bordo del buque “Río Grande”, uno de los tres navíos de la Flotilla del Alto Uruguay (junto al Alagoas y el Lamego), comenzaron las declaraciones formales. El primer testigo fue el farmacéutico Pedro Ribeiro, compañero del Dr. Pamphilo, que aseguró que ambos habían cruzado a Alvear simplemente “de paseo”.

Luego fue el turno de Clarimundo Almeida, changarín de río, y Felipe Canselher, dueño del bote que transportó a los doctores italianos. Finalmente declaró el propio Dr. Pamphilo.

Según la versión brasileña, al llegar a la costa los doctores italianos vieron al Dr. Pamphilo y comenzaron a insultarlo, gritando frases como: ¡Ahí hay dos macacos más para cazar!

Además, afirmaron que lo desafiaron a duelo, a lo que Pamphilo respondió que, si querían, se batirían en Itaquí, donde él residía.

Pero los insultos pasaron rápidamente a los golpes. Según el testimonio del doctor, fue agredido brutalmente, incluso con la culata de una escopeta de caza, que le habría golpeado el rostro. Afirmó que Logatto intentó apuntarle con el arma, pero un testigo logró arrebatársela antes de que disparara. Ciego por la sangre, Pamphilo tuvo que lavarse en la orilla antes de huir en una canoa.

El tribunal brasileño no dudó: se trataba de un intento de homicidio.

 En Alvear mientras tanto, otra historia, el Juez Pedáneo Juan Cirilo Leiva comenzó a recolectar su propia versión de los hechos.

Declararon los acusados, Benatti y Logatto, y testigos como Eleuterio Martínez (ayudante de Clarimundo), Juan Cánepa y Alfredo Pomatelli, empleado de la aduana.

Para los alvearenses, la historia era muy diferente:

Aseguraron que el Dr. Pamphilo fue quien comenzó a provocar, acusando a los italianos de “salteadores” y “lazzaronis”, mientras agitaba su rebenque. Según esta versión, golpeó a Logatto y le rompió los anteojos a Benatti, además de tirarle de la barba. Recién entonces, uno de ellos le habría respondido con una trompada.

También señalaron que la escopeta que portaba Logattoestaba desarmada y que fue el propio Pomatelli quien se la quitó antes de que la situación pasara a mayores.

Las lesiones de Pamphilo, dijeron, fueron producto de una caída al tropezar al llegar a su lancha, no de los golpes. Todos coincidieron en que el ayudante brasileño no participó de la pelea y trató de calmar a su superior. También apuntaron que los médicos italianos no iban de paseo, sino a atender pacientes locales… cobrando, según ellos, importantes sumas de dinero.

Mientras los relatos se bifurcaban según la nacionalidad, el vicecónsul Santiago Barreyro le informaba al Teniente Prezewodowsky que no había recibido respuesta oficial de la justicia de Alvear. Ante el silencio, anunció que recurriría a las autoridades de La Cruz, buscando una vía más directa para que se hiciera justicia… al estilo imperial.

¿Cuál es la verdad entre estas dos versiones tan opuestas? ¿Quién golpeó primero? ¿Hubo intento de asesinato o solo una pelea entre hombres de honor herido?

Pasaban ya tres días desde la brutal golpiza sufrida por el Dr. Pánfilo Carvalho en el puerto de Alvear, y el silencio argentino comenzaba a retumbar como un eco incómodo del otro lado del río.

Desde Itaquí, el Teniente Prezewodowsky, al mando de la «Flotilha do Alto Uruguay», esperaba una respuesta. Pero esta no llegaba. Entonces, sin más demora, escribió una carta urgente al juez pedáneo de Alvear. No fue una simple nota: fue una advertencia, un llamado directo que mezclaba diplomacia con pólvora.

 En su carta, el Teniente recordaba los hechos del 18 de junio, denunciaba el intento de asesinato del médico naval brasileño y la aparente impunidad con la que sus agresores, los doctores Benatti y Logatto, se paseaban tranquilamente por la barranca del puerto:

“Cuesta creer, señor Juez, que todo lo que acabo de exponer haya ocurrido frente al poblado brasileño de Itaquí, donde se encuentran ancladas tres naves de guerra de nuestra nación, y que, aún más, ayer por la tarde, 48 horas después del ataque al Dr. Pamphilo, sus agresores pasearan por la barranca del puerto de Alvear, ostentando la impunidad que la autoridad argentina les garantiza para sus crímenes…”

A medida que avanzaban las líneas, el tono del mensaje se tornaba cada vez más grave:

“…Hasta esta hora, once de la mañana, no me consta que se haya tomado la menor medida ante tan grave hecho. Sin duda se engaña usted, señor Juez, si cree que la fuerza brasileña estacionada en el Alto Uruguay vino a esta frontera para hacer el ridículo papel de muda espectadora de los insultos contra los brasileños…”

Y entonces, el Teniente lanzó su exigencia, clara y directa:

“…Ante la grave ofensa, y sin ninguna señal de justicia por parte de la autoridad argentina, exijo que los dos principales agresores, Guido Benatti y Vicente Logatto, sean entregados de inmediato a bordo de la cañonera…”

Pero lo más alarmante llegó en el cierre. Prezewodowsky dejó en claro que la paciencia brasileña tenía fecha de vencimiento:

“…Con estas palabras, declaro al señor Juez que mañana, 22 del corriente mes, al mediodía, si no han sido entregados los citados criminales, la fuerza bajo mi mando actuará con los medios a su disposición para rechazar tan inaceptable insulto a la soberanía y dignidad del Brasil.”

 La carta fue entregada por el vicecónsul brasileño. El juez, apremiado por la amenaza, prometió dar una respuesta… al día siguiente.

¿Respondería Alvear a tiempo? ¿Podría evitarse una escalada militar entre ambas orillas del río?

La tensión crecía, y el reloj avanzaba hacia el mediodía del 22 de junio de 1874…

22 de junio de 1874: Bombas sobre Alvear, fuego cruzado en el corazón del río Uruguay

Cuatro días después del violento incidente en la frontera entre Alvear (Corrientes, Argentina) e Itaquí (Brasil), finalmente llegó la respuesta del juez argentino Leiva al teniente de la Armada Imperial Prezewodowsky. En una nota formal —pero cargada de tensión— Leiva se excusó por el retraso, echándole la culpa al secretario del juzgado por haber «olvidado» enviar las respuestas anteriores. 

Pero el punto clave de la carta estaba en otra parte: Argentina no iba a entregar a los acusados Benatti y Logatto al Imperio del Brasil. ¿El motivo? El hecho había ocurrido del lado argentino del río Uruguay, por lo tanto, correspondía ser juzgado según la ley nacional. El juez Leiva fue categórico: “solo los grandes criminales, peligrosos a la sociedad, pueden ser extraditados, y aúnasí, solo cumpliendo con los tratados internacionales”.

Pero a Prezewodowsky no le tembló el pulso: a las 11 de la mañana del 22 de junio, los cañones de la marina imperial se posicionaron en el río. Los monitores Alagoas y Rio Grande, armados hasta los dientes, apuntaron sus piezas… y comenzaron a disparar sobre suelo argentino.

El bombardeo fue real. La primera bomba cayó cerca de lo que hoy es el Club Centenario de Alvear a las 12 del mediodía. El estruendo se repitió cada hora, hasta las 16:00. Una carta del jefe comunal, Don José D. Álvarez, relata con dramatismo cómo fue sorprendido en cama, enfermo, cuando “un tiro a bala de cañón” retumbo en el silencioso pueblo.

La situación se volvió crítica. Las autoridades locales habían huido y el pueblo quedó desprotegido. Fueron los propios comerciantes de Alvear, con una bandera blanca, quienes se acercaron al puerto a negociar el cese del fuego.

Prezewodowsky, ante la falta de tropas o resistencia, declaró la misión cumplida: su bombardeo había sido, según él, “una protesta solemne al insulto inferido a mi país”.

Pero el acto no fue gratuito: la ofensiva diplomática argentina fue inmediata y terminó en un juicio militar para el teniente brasileño, quien fue degradado. Años más tarde se le devolvería su rango, y en Itaquí se le rendiría homenaje bautizando con su nombre el teatro inaugurado en 1883.

En Alvear, la memoria también dejó su huella. En honor a la defensa de la soberanía, la calle principal fue bautizada «22 de Junio», aunque más tarde cambiaría su nombre a «Centenario» por el aniversario patrio de 1910.

Así, el pequeño pueblo de Alvear, apenas fundado y con menos de mil habitantes, quedó por un instante en el centro de una crisis diplomática entre dos naciones hermanas. Lo que comenzó como una disputa entre médicos, escaló hasta convertirse en un bombardeo real, con fuego cruzado y una amenaza de guerra en plena frontera. Hoy, a más de 150 años de aquel 22 de junio de 1874, el episodio sigue siendo una historia poco contada pero profundamente significativa: un recordatorio de cómo la soberanía, la diplomacia y el orgullo nacional pueden chocar incluso en los rincones más tranquilos del mapa.

algunas de las imágenes son recreadas con IA.

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